sábado, 1 de julio de 2006

El 2000 este hijo nació en pleno escenario...


En el desafío de mis cadenas introspectivas el ciclo se cumple (autora Catalina Fernández)

Él buscaba a la nada… irónica, conmovedora, tan real como ilusoria. Me dijo que tendría que diferenciarla, que existen unas “nadas” más profundas, otras más severas, más espontáneas y otras de frentón, casi muertas, que conviven irremediablemente… creo que teníamos un secreto pendiente entre nosotros. Sí, sí lo teníamos: el secreto de la humanidad por formar historias, por desear que exista una nada superior que los guíe y represente. Algo así como un Autor compasivo, quien amo y señor de su escenario, logra tan sólo con mirarnos, meternos en la cabeza la seguridad de que existimos…

Sin embargo, ser protagonistas se vuelve una lucha fatigosa, un deber ir ahondando en los resquicios de corazones gastados de tanto recordar una y otra vez circunstancias, intentando dar forma y cuerpo a una rabia latente por dar tantas explicaciones. Por eso él amaba a los otros, a aquellos que surgen como un desvarío que relaja la atmósfera, estos actores secundarios que le recuerdan a uno que también existe la posibilidad de ser superfluo… preocuparse por donde se estará parado en el escenario, en donde colocarán sus accesorios, de cuales serán sus roles y si algún día llegarán a importarle a alguien, incluso a sí mismos.

La tensión suscitada por vidas tan meditadas, tan caóticas por intangibles, se contraponen con otras tan snob, tan vacías, tan tiernamente expectantes: ¿Qué esperan?... lo que tantos: qué les digan que hacer.

Por eso me dijo que buscaba a la “nada director”, amo y señor del Universo… de su Universo “el vacío escenario”. Él sabía sobre la búsqueda de respaldo, el resentimiento como armadura, la tristeza como dejación e incluso la conspiración de separar la realidad de la fantasía… por eso me decía: “si los protagonistas se sobrecargan de información terminarán comiéndose a éstos otros tan lacónicos e imperceptibles, en un desesperado intento por darle descanso a la mente y humor al espíritu: un frenesí al ridículo, a la impotencia de demostrar con presencia lo que se afirma en las palabras… Por eso tengo temor… aún siento el miedo”.

Aquellas últimas palabras las escuché antes de nombrarlas para Uds. Siempre las dijo. Tenía esa obtusa intención de hacer comprensible una vida llena de temores. Pronunciaba con descaro palabras que latían entre los recuerdos, que aparecían en la humedad de las paredes, en el pavimento suelto, en los alcantarillados comidos por roedores. Palabras de indecente cobardía, de un miedo que oxidaba mi auto y me dejaba caminando por siempre. Jamás había sentido la fuerza de unas vocales apoderarse de los vestigios en mi retina… pero supe que hablaban de mi corazón, de mi propio sentir, hasta de mi reconciliación con el pasado.

No fueron su impertinencia e ímpetu, ni siquiera sus ansias frenéticas por conocer todo, o la determinación de conseguir lo que se quiere aún con el abandono de las personas, lo que sembró el miedo. No, fueron esos espíritus altruistas, esas generosidades con ribetes de egoísmo y la escandalosa convicción de que también se puede amar, lo que hizo que me sujetara con fuerza y derramara sus gritos en mi rostro: “Dejen de decirme que todos vivimos en el mismo horizonte!!!… vivimos en este tablero de ajedrez que dibuja el piso, presentándonos la realidad como un golpe latente en la conciencia, en la espina dorsal y en la planta de los pies, de que circulamos en la oposición de las fuerzas, en la comunión de luz y sombra, en la impertinencia de sentir y no sentir.”

No recuerdo si tuve miedo; es que entre los gritos vi la sumergida oscuridad que se viste en una bocanada de luminosas imágenes… me vi diciéndole un obligado adiós. No tenía la obligación de marcharse… estaba obligado a despedirse, y cuando no se tiene la noción del abandono, te puede llevar a creer en el olvido de las personas y en el deber de despedirse por la ausencia hasta borrarte por no compartir el mismo tiempo.

Yo no quería limitar mi existencia a mis despedidas. Sepan Uds. Que cuando me marcho, lo hago para recordar que la lejanía también puede vivirse y respirarse. Han sido Ellos los que castigan las despedidas tildándolas según preferencias. Si el adiós estalla remolinos de aire, extraños gritos de lluvia, miles de truenos susurrando tu nombre y no el Sol que te dibuja destellos en la piel, presentando los miles de reflejos que viven en tu pelo y el sudor embriagador que dibuja tu cuerpo en mi ropa… entonces, es una mala despedida… “tengo temor… aun siento el miedo”

Volví a recordarlo a repetirlo dentro de mi historia. Asumiré que es él que quiere que cuente su secreto… te equivocas, debes hacerlo tú. Pídele a la lluvia que borre el maldito verano que te robó su ausencia; levanta el rostro tendido en la tierra y descubre como las gotas te besan anunciando el sabor de sus labios, tan necesarios que el tiempo se vuelve tu aliado y Ella regresa a existir.

Creo que es así, o algo parecido a esto el amor que sientes… te moja o te seca de golpe, te lleva a pensar que si lo nombras existirá… tan sólo debes tenderte en la tierra, saludar al verano y pedirle que llame al invierno.

Luego está Él ante mí… su destino con retorno sentenciado. Me recuerda que no debo volver, que ya nadie estará esperando… Es por furia y rencor que la cobardía de regresar implica no ser su propio amigo. Me conmuevo, tiene tanto temor que maquilla su pena, tiñe el futuro con una ausencia que sabe lo parte en dos, con una excesiva compasión que se entiende pero no se vive… dejar partir y evitar el reencuentro. ¿Para qué?... ¿Para que el ser que vuelve no note que vivías sólo para él?... Ojalá hubieses logrado entender que se necesita mayor coraje para regresar que para seguir viviendo… sin embargo se logró tu cometido, hemos aprendido de valentía al esforzarnos por amor a ti a la dolorosa experiencia de mirarte y saber que no vivimos este tiempo… ¿Acaso no podría ser que te olvidaras de tu convicción y reconocieras que lo más profundo era no limitar la vida al tiempo?...

¡Que soberana estupidez es este espejismo de las cosas!... “Ojos que no ven corazón que no siente”… ¡Ojos que no ven terminarán pudriéndose!. Quiero aprender la valentía de mirar, de ver como parten y llegan, como circulan, se ven y desaparecen para siempre… quiero incluso llegar a aprender a perdonarme el no recordar ciertas cosas y el recordar otras demasiado…

Ahora me encuentro caminando en un Paraíso lleno de recuerdos, tan deteriorado que no me alcanzan las palabras para describir la belleza que encierra el que las cosas tengan ciclos… y de pronto mi bestia que escupió luz de sus intestinos me mira desde el suelo, compasiva, despidiéndose oscura y fría, tan solemne y sobrecogedora como la primera vez que me rugió las historias y besos censurados. Contemplo inconmovible el como se lloran las pérdidas de sueños, los sentimientos de fracasos, las lágrimas que ya conozco pero que se me negó derramar con ellos… y es allí precisamente que puedo responderte que lo que gatilla mi emoción es reconocer unos ojos dentro de otros, unas manos contenidas en hojas, voces en caracoles, hermanos en los perros y besos de lluvia que me lleva a acariciar el viento hasta poder estar lúcida en la inconciencia y declarar que tengo vacíos que no se llenarán más que con la nada.

Entonces me siento contigo y lloro contigo, y no es de pena ni de alegría… es por el reencuentro que nos envolvió llenando… el sonido no como tal, sino como se sentía entonces. El roce en la piel y en la memoria, la noche con su calidez o su frío inconmovible.

Ahora sé que Él se marchó para no perder la cordura, para no sentir que el saber una verdad de carácter tan manifiesto como perderla, le rompiera el espíritu además de la carne. Marcharse fue un acto de orgullo, de rescate de la esperanza, de la afirmación de verdaderos amores y vidas altruistas separadas por los infortunios equivalentes, que las imágenes geométricas que se reflejan el espejo son la proximidad a la locura.

Sé que la imagen en el espejo resulta conocida, casi de carácter profético, conmovedora por escudriñar en los infortunios de la vida y la muerte… dramática en la tragedia de no saber encausar el amor sin que éste dañe… Él está melancólico, casi etéreo. Deambula murmurando sus inquietudes a los muros enormes de piedra que cuentan sus historias de paredes… Entonces nuestro mayor desaliento: lo que descubre ante nosotros un fuego que susurra las mismas vocales atestadas de pavor y nos alerta la sangre. Comienza una caminata penosa en la contradicción al desenfreno de los que se divierten siendo actores secundarios en la Nada. Ella nos dibuja los terrores de un encuentro ansiado e imaginado… Las antorchas se extinguen y sólo el pánico nos advierte de la llegada que se espera… la voz lastimada, la figura que se conoce, su asesinato… los ojos la nombran… el golpe del océano contra las rocas… comprendemos porqué el océano en sus interminables vaivenes rítmicos nos llama en las olas y se muere en palabras que nadie escucha.

Es allí entre un todo pecaminoso de contenido, donde la postura de nuestro protagonista comienza a ser tan aguda como tentadora… nos encontramos con la visceral encarnación del asesino quien frente al espejo nos pronuncia palabras impetuosas, arrepentimientos impronunciados, discusiones con su ira, la obcecada muerte en vida del entendimiento y el perdón… así la respuesta se nos va con la última cordura y el cuerpo asesino involuntario, se distiende entre carcajadas de febril vacío.

La locura se va apoderando de nosotros, nos viste de armazones, nos estira el pelo hasta volver imperceptibles los ojos y nos pasea con la muerte por todo nuestro demonio de contenido. Resulta horroroso ver el paso apresurado del luto… Ella muere y nuevamente el agua es quien nos avisa de todo… el cuerpo sumergido… el descanso, el océano incesante.

En completa oscuridad el sonido comienza a ser agotador. Las luces se mueven y gritan, se mueven y hablan en un idioma que no conozco… se vuelven caos. Todo se apaga y cesan los ruidos. Al centro… es ajeno el rostro, la figura se desplaza a un extremo aturdida hasta volverse un murmullo. Surge la sensación de completo dominio del cuerpo, de estar atado al espacio. La muerte trae entonces el contenido y nosotros seguimos buscando la nada; aquel vacío que pronuncia el vértigo y el deseo; la convulsión de colores que te arranca temor. Un vacío donde pueda existir otra cosa, no un todo donde ya no quepa otra persona… sólo uno mismo y la plenitud que se advierte incómoda.

Él lo entendía… por eso dijo: “tengo temor… aún siento el miedo” ¿Uds. no?

5 comentarios:

paulina y marco dijo...

tengo temor...aún siento el miedo........gran frase final.
Volveremos a tu blog muy luego.
Saludos desde un espacio como el nuestro

Anónimo dijo...

Yo lo que sé es que leo estas cosas y me dan ganas de coger un avión e invitarte a algo. Pero la vida duele, y yo quisiera que doliera junto a ti. Beso,
Santi

Unmasked (sin caretas) dijo...

mmm volver implica no ser su mejor amigo...o su peor enemigo...
El orgullo no sirve para nada, dice una muy buena amiga mia psicologa, la gente lo confunde con "dignidad" pues querida, te digo, no es lo mismo..

que bien que escribis..me gusta mucho venir aqui..hay contenido..
no es facil, lo tengo que leer mas de una vez, pero vale la pena.

me encanta esta casa para venir a descansar un ratito y aprender algo.

Besote

Petra

BullHorse dijo...

Gracias Paulina y Antonio, y son bienvenidos siempre.También los visitaré.

Santi... ya tomaremos un avión!!! Y que el dolor no sea sufrimiento, que sea como dices VIVIR, y eso es grandioso. Besotes para tí.

Petra, que bien conocernos... "volver implica no ser su mejor amigo"... si, rara la frase porque incita al apegado orgullo de no doblar el espíritu.Y tu sicóloga amiga lo dice bien, temer y contener es diferente. Dignidad y orgulloso también... y en el caso de él, no ser su mejor amigo es el precio que le puso a su regreso... me alegra que que descanses en mi casa. Un beso.

paulina y marco dijo...

Gracias por aceptar enredarte en las palabras de amor que persigue eternamente nuestro mouse,