
La gravedad me robó las palabras
La Tierra había traído para cohabitar en Ella, a una serie de seres con funciones y obligaciones específicas. Cada cual tenía su rango y su lugar, y su más hermoso hijo era GRAVEDAD; juntos cuidaban que todo tuviera peso, forma y contenido, para que así, se pudiesen marcar con propiedad las diferencias entre los mismos.
En la superficie existía una casta de Señores: Los Árboles, que gobernaban el lado externo de su Madre Tierra; clavaban sus raíces en el cuerpo materno y procuraban pedir tanto como se pudiera, a fin de vivir la soberanía que los definía. Los animales, flores y frutos que convivían con Ellos los adoraban por tener la facultad de anclarse a la Madre y sostener el vínculo fetal. Suponían que el poder de toda la creación del planeta radicaba en esta estrecha relación de los Señores Árboles con el inframundo, y que por lo mismo sólo el conocimiento de Ellos podía ser Ley.
Los Árboles eran seres pragmáticos, dotados de aparente omnipotencia, arrastraban sus raíces enormes a través del suelo, dando socorro de anclas para ayudar a mantener la cordura. Los seres los miraban imponentes, magnánimos, aparentemente mágicos y sabios. El sonido que emergía de sus troncos tomaba vida y pesaba como todo lo importante.
La tradición oral cuenta que los Señores Árboles eran los hijos directos de la Tierra y el Universo. Habían nacido en respuesta a la llegada de un revoltoso hermano, etéreo e inconsistente: GRAVEDAD. Nadie entendía porqué la Tierra y el Universo habían concebido hijos tan disímiles, pero se sabían que los amaban y por lo mismo los habían ordenado en vida uniéndolos en estrecha dependencia… los Árboles, habían creado anclas de piel y sangre, poderosas amarras a su madre, cadenas nutritivas de información y consuelos… raíces que desafiaban la ausencia de su alocado hermano.
Gravedad era un ser más emancipador; constituía para él un desafío enorme el pensar que las cosas y los seres no pudieran tener peso, ya que todo lo que él tocaba se adhería a la superficie. Años después, cuando sólo quedaran recuerdos sobre sus mágicos dones, la gente especularía sobre como un ser intangible componía desafíos a los pasos y daba consistencia a los sonidos. La vida en su ausencia volvería de catástrofe al ser más hermoso que nació: Piel, la hermosa hija de los Árboles, trillizos Gobernantes de la Tierra.
Piel era un descanso a la vista. Había nacido de un amor innombrable que sacudía los recuerdos de sus Padres Árboles, y su existencia recordaba una y otra vez la dicha absoluta que vivieron los leñosos Señores gobernantes. Cuentan que en un parto de colores, donde la noche conoció la luz dentro de la oscuridad, una criatura sobrecogedora paría el ser más hermoso que hubiesen visto al Tierra y el Universo. Al lado del lecho de rayos luminosos, esperaban histéricos y estupefactos los progenitores… tomados de la mano de su amada Aurora Boreal, suplicaban por poder conocer pronto el fruto de sus pasiones… Entonces Aurora gimió colores que nadie había visto, bañó el tinte negro de la oscuridad con destellos de arcoiris y sacó de sus entrañas una única hoja de piel morada envuelta en su placenta. Piel había sido un regalo del amor que quedó atrapado en el alba, y así fue también la crianza que obtuvo.
Desde muy pequeña mostró interés en averiguar porqué las cosas eran de determinada manera; porqué sus padres tenían esas extrañas ataduras a la superficie y porqué además, su cuerpo era casi de transparencia, a no ser por esa piel de membranas que si habría, dibujaba toda una constelación de membranas moradas. Ciertamente el ser morada era lo que la definía; sabía que era una hoja, pero tenía piel y no era verde… por lo mismo en su niñez esta elasticidad la discriminaba y ahora le ayudaba a entender que su papel en esta vida no era precisamente casarse con una rama.
“Padre”- dijo Piel a sus tres progenitores-“Quiero que me expliques porqué no tengo nadie que se me parezca… ¿Es menester de la creación, el haberme asignado un rol que no tiene cabida en las funcionalidades?. Sé que me has explicado una y otra vez sobre que debo esforzarme en sacar raíces que me anclen a la Abuela… sin embargo, no hay nada que me llame ha conseguirlo. Si no fuera por el Tío Gravedad yo estaría perdida en un todo”
Los Árboles miraban con desconsuelo las incomprensiones de su amada Piel; todo el orden de una vida consistía en las Leyes de pisar con insistencia la Madre que ofrecían a sus discípulos. Hubiesen querido que Piel tuviera unas raíces que la ataran a su próximo Rol como Gobernante… pero tal grado de locura y fascinación por ser individual los consternaba.
“Hija”-les respondieron- “deja de cuestionar las cosas, sigue las reglas que todos aceptan… únete a tu Abuela… forma parte del conjunto. Si sigues siendo tan individual sólo conseguirás caos y desamparo… las criaturas habitan en armonía, jamás osarían desafiar lo establecido como tú insistes. A veces, haces demasiado difícil el no anclarte…quizás si dejaras que Rama de Sauce te uniera su vida, la cabeza se te llenaría menos de disparates”
Estaban cansados. A lo largos de los años, Piel se había puesto cada vez más intolerante a las similitudes. Ella consideraba que tenía razón… ¿Cómo es eso de andar circulando por ahí teniendo las mismas características y dones de todo ser viviente?... No, Piel sabía que las venas sólo le latían cuando lograba encontrar una fibra que le perteneciera… sólo a Ella. Su lucha se había transformado entonces en un intento desesperado por encontrar a alguien tan libre como Ella; alguien capaz de desafiar la autoridad austera de su Padre Árboles…
El día era una fiesta de carne y hueso. Mapaches, Orquídeas y Nueces caminaban entre el Pasto-Mercado, contándose historias, regateando con las Madreselvas el precio del rocío y en un rincón, traficaban fertilizantes y vitaminas los Insectos.
Cada Miércoles el Pasto-Mercado reunía a toda la población de la Tierra, y en una caravana de piruetas y carcajadas, los habitantes compraban y vendían, esperando la llegada de los tres Soberanos para la bendición sobre sus anclas. Incluido en la festividad aparecía corpóreo el Señor Gravedad y los habitantes entonces podían rendirle alabanzas de gratitud por el don de darles peso para tocar la Madre. Sin embargo, lo que los jóvenes Ramescos esperaban con ansiedad era la presencia de Piel, quien casi incorpórea, sublimemente morada, caminaba con indiferencia y absoluto desapego, mostrándoles sin temor a todos los presentes, que Ella y Ellos no eran ni serían nunca iguales.
La Multitud cesó su estruendo cuando escuchó el pesado arrastre que anunciaba la llegada de los Soberanos Árboles. La tierra a sus pies vibraba, y el ruido del roce de la madera bajo la Madre fue empequeñeciendo el corazón de los presentes. Era la aparición de los Ellos como la detención del tiempo y de la vida.
Avanzaron erguida la cabeza y arrastrando sus largas barbas repletas de nidos por todo el Pasto-Mercado. Depositaron sus raíces en la Tierra, rompiendo casi con obscenidad el lugar donde se plantarían… eran ante la vista el contenido perfecto de la fibra que contiene la existencia.
Ya habiendo depositado sus colosales cuerpos, el tiempo pareció quitarles avance por unos segundos los presentes. Un trago de saliva apretado y resbaloso les subió a todos desde la boca del estómago hasta la punta de la nariz, casi escapando, anunciando la llegada de Gravedad, quien para el asombro de todos traía consigo un halo inconsistente en sus brazos.
Los presentes miraron con desconfianza. Jamás se había visto que Gravedad portara algo que no fuera su propio peso, y entonces el asombro de todos se convirtió en terror cuando abrió los brazos y el halo levitó sin peso ni forma traspasando a todos los que estaban. Las ropas se movían, las barbas de los Señores Árboles parecían tener vida propia y todos estaban histéricos con esta sensación. Entonces el grito de los Árboles se escuchó:
“¡¿De qué se trata esto Gravedad?!... osas interrumpir las festividades asustando a los discípulos con tus bromas de mal gusto… Es mejor que expliques que truco infernal has traído que se atrevió a levantar las cosas de su peso”.
Gravedad frunció el ceño; detuvo con la mirada al extraño fenómeno que a todos molestaba y solemnemente anunció en tono severo: “Lo que te molesta Hermano, es mi hijo: El Viento”.
El alboroto que se produjo entre los presentes superó al anterior, todos murmuraban. Entre los Árboles se vieron muestra de una inusual inquietud y Gravedad tendió a reírse en forma complacida. “Sí”-interrumpió entre carcajadas- “Él es mi hijo… el escondido de Uds. Por tantos años… el secreto que hoy les regalo. Creo que es justo que tal como se rinde pleitesía a Piel, ahora consideren que existe un nuevo sucesor al trono: Viento”.
“Escuché que me nombraste Tío”- Se oyó entre el asombro aturdidor de todos los presentes- “Creo que no es lícito que me nombres si no sé porqué se me trae a discusión”- sentenció Piel que se abría paso sin obstáculo entre los Mapaches y las Nueces. Entonces su caminata se vio interrumpida por un brazo que la sujetó con fuerza. Al girar la cabeza la cara de sus Padres en franco temor la hizo detenerse sin resistir. “No sigas avanzando hija… espera a saber más”
El viento, que aún no mostraba su forma corpórea miraba extasiado el cuerpo morado de Piel, y descubría con asombro enternecedor que bajo sus brazos se extendían perfectas membranas de un vertical deseo. Quiso entonces inflar sus dimensiones de carne y sacarla a flotar entre sus brazos… no aguantando la presión de nombrarla se dimensionó y mostró su forma.
Gravedad lo miró con extrañeza y temor, lo sujetó de la columna y le impidió moverse. Sin embargo era tarde… Ella lo había visto y sus ojos lo absorbían en preguntas sin respuestas. Entonces Viento miró a su Padre, tomó la mano que lo aprisionaba y con respeto se liberó.
“Me llamo Viento”-dijo soltando una ventisca que volvió a sacudir a todos… Piel sintió el cuerpo distinto, algo en sus brazos se movía…”Soy el hijo de Gravedad… y es para mí un placer decirte que eres lo más hermoso que he visto… espero no incomodarte pero quiero envolver tu cuerpo con el mío y presentarte las alturas de mi dominio… ven”.
El eco de ese llamado retumbó en cada célula que la componía; “ven” sonaba cargado de peso entre sus venas; “Ven” la dimensionaba y la liberaba del todo; “ven” constituyó la cárcel donde quiso anclarse por siempre. Intentó avanzar, aún con la mano de su padre sobre el brazo impidiéndole hacerlo; “ven” era todo lo que veía, escuchaba y sentía en ese momento. De pronto se dio cuenta que no podía avanzar por la fuerza que ejercía el dominio de esa Piel leñosa en sus membranas moradas. Casi furiosa giró la cabeza y les ordenó que la soltaran. Los Padres comenzaron serenos el diálogo: “Deja de intentar que te soltemos… debes recordar lo que eres y lo que debes…Tener la obligación, escucha, no la elección, de gobernar el todo formando parte de él con anclas es una tarea que te ha sido asignada desde antes de tu nacimiento… Recuerda hija, recuerda… ¡Debes sacar raíces ahora, de otra forma deberemos anclarte a una Rama!”
Con cierto tono de desconcierto Piel les contestó: “Déjame ir Padre… ¿Por qué no entiendes que me llama?...Acaso ¿Nunca sentiste la razón de unos pasos que sí avanzan?... lamento no ser lo que esperas… ¿No quiero vivir con una Rama!¡No quiero Anclas!... déjame ir Padre…si no lo haces te arrepentirás de las marras que hiciste con mi nombre”
“No debes Hija”´-sentenciaron furiosos-“Esta broma impúdica de tu Tío te tiene aturdida… ¿Cómo te atreves siquiera a nombrar vivir sin anclas?...Tu Madre lloraría colores de saber que nos desafías los motivos de esta manera… ¡No te atrevas a seguir avanzando!”
En el cielo impaciente y desorientado se escuchaba aún la voz de aire de viento llamando a Piel con desgarrador fervor; insistía en un “ven” que tenía a Piel casi al borde del llanto. Por su parte Gravedad, al lado de su hijo, disfrutaba el momento.
Luego de la Catástrofe algunos recordarían con desprecio el cómo semejante momento de infortunio, no fue lo suficientemente fuerte para despertar en ellos la voz o el llanto. Sin embargo, quienes latieron como jamás lo habían hecho hasta ese día fueron los cuatro hermanos, quienes absortos ante la dualidad de dejar que sus hijos fueran y que sus hijos les obedecieran, claudicaron la cordura desafiando todo criterio y amor.
“Ven” volvió a sonar entre las fibras de Piel; consternada e invadida de promesas que Ella misma había cultivado tanto tiempo, desprendió con fuerza dolorosa el brazo de su Padre. Alzó entonces la vista ante el desafío que significaba entregarse a esos brazos y conteniendo el aliento casi para siempre, abrió sus membranas y dejó que Viento la tocara. Él comenzó a desplegar su cuerpo de formas que no conocía, fue evitando las inconsistencias de su nombre para cubrir con sumo cuidado cada poro de Piel, que indefensa había respondido a la invitación, y tragándose parte de su Padre Gravedad, comenzó a sacarla de la superficie… a levantarla sin peso.
Piel estaba inmersa en placer; no entendía como su cuerpo podía contener tanto de Él en un abrazo y sentirse mezclada, guiada sin sometimiento y hundida la obligaba a admitir que nunca se había sentido tan única como en ese momento de noción de su propio peso en los dedos de otro. Fue por eso quizás, que decidió abrir los ojos y buscar la pupila de Viento. Necesitaba saber que encontrarse contenida en ese abrazo, la facultaba para probar lo que no pensaba…Entonces sujetó a Viento entre sus membranas y descubriendo no sólo sus ojos, lo besó en perfecta fusión.
El grito de los presentes fue desmoronador; Nueces y flores corrían a esconderse, nadie podía soportar el contacto de una descendiente de raíces con un ser tan etéreo como el intruso; Los Árboles montaron en cólera… furiosos arrancaron las raíces de la Tierra y avanzaron hasta el lugar donde elevada su hija besaba al intangible independiente. Las barbas ondeantes ante el golpe del cuerpo de Viento soltaban lágrimas y el tener demasiado peso para saltar y atrapar a su hija, los enloqueció… Comenzaron a blasfemar el nombre de su padre Universo, gritándole que sólo la existencia de una descendencia tan volátil podía tenerlos convertido en fracaso. Increparon al suelo, a sus ramas, sus leñosas pieles y a su amada Aurora… Se sentían lastimados e impotentes. Nació entonces como una erupción petrolera desde sus viscerales sabias toda la furia contra el peso; Se levantó un sonido parejo y entre sus raíces capturaron a su Hermano.
“Jamás pensamos que convivir contigo significaría tener que eliminarte”-replicaron severos-“Quiero que se muera el tiempo, que no exista nada, que te tragues a tu hijo entre tus entrañas y abandones esta superficie que te odia y te maldice… ¡Fuera de mi Reino!”
“Si me marcho”-logró decir Gravedad-“no volverán a tener peso… olvidarán el dominio de sus propios cuerpos y deambularán contenidos en una misma cosa…”-se asfixiaba entre las raíces-“¡Suéltenme ahora!... la furia de mi ausencia los convertirá en el todo dentro de la nada…”
Los Árboles respondieron a la amenaza contrayendo el cuerpo en forma violenta; sacudieron encabritados a su hermano capturado, y entre las raíces comenzaron a estrangularlo sin piedad. Lágrimas escapaban a través de las arrugas, la leñosa piel se agrietaba por la fuerza ejecutada y sus raíces se iban descascarando, desprendiéndose contracción tras contracción, hasta ya casi no sentirlas efectuando la masacre. Gravedad iba perdiendo consistencia; a lo lejos, la consecuencia de dicho ataque se hacia evidente: las cosas comenzaron a levantarse de la superficie; uno a uno los segundos pasaban llevándose el dominio de esos seres entre el abovedaje de raíces que mataba a Gravedad.
Absolutamente compenetrados, Viento y Piel seguían besándose. Elevados e imperceptibles no respondían a los gritos abrumadores que se perdían al irse retirando de la Madre y el espacio que ella formaba en el moribundo… ¿Cómo podrían responder a las plegarias de los habitantes que flotaban si hasta las mismas palabras de sus bocas ya no tenían peso?...
Gravedad había ido reduciéndose hasta encontrarse en una pequeña porción de superficie; dentro de ella, estaban contenidos los Árboles y los amantes… el cuerpo estrangulado de Gravedad iba yendo hacia la inconsistencia cuando sobrecogedora y lastimada la Madre Tierra les habló a sus hijos:
“No fue suficiente regalarles mi propio cuerpo para vivir… ¿Qué están haciéndose Hijos?... ¿Por qué tanto rencor, tan obcecada frialdad entre Uds.?...No entiendo el afán de competir por quien gobierna si al final ninguno tendrá sobre qué hacerlo… Se han perdido Hijos… Vivir por vivir, simplemente porque no se a muerto es algo que odio sentir entre nosotros…Debí responderles de otra manera; suponer que estaban preparados para saberse independientes aún estando unidos fue darles mucha responsabilidad…Lo lamento Hijos, yo tampoco estaba preparada para ser Madre” –Dicho esto la Tierra abrió los brazos, atrajo con peso magnético a sus entrañas a Gravedad, y dolorosamente conciente miró a sus tres hijos perder las raíces y flotar sin diferencia hasta desaparecer.
Fue en ese mismo instante cuando Piel sintió que Viento la soltaba, despavorida abrió los ojos y el horrendo espectáculo le quitó el color que la definía. Aún habiendo perdido parte de su cuerpo, Ella flotaba al lado de su compañero… La angustia de ver que Viento se desintegraba la llenó de tanto sufrimiento que perdió la noción de todo. Oscuridad, luz, vacío o contenido… explicar lo que la acompañó no se puede.
No sabemos cuanto tiempo pasó entre la Muerte de Viento y la recuperación de la conciencia en Piel. Se sabe solamente que regresó de los abismos de ese beso que la convirtió en firmamento, y de guerras oceánicas de un elemento que jamás había existido… quizás estaba creando nebulosas de hipos o pequeñas gotas de hielo, pero lo cierto es que aún sin recordar los acontecimientos de su sueño, intentó pronunciar su nombre y descubrió con impacto que nadie la escuchaba. Ya no tenía boca, ni rostro, ni membranas… ya no se sentía espigada, ni hecha de venas, ajena a todo. Una sensación que le causaba repulsión la unía de manera violenta a partes de su cuerpo que no eran sólo de Ella.
Tal vez entró en un pánico que le impidió contener la fuerza de la contracción que obligó a todo su nuevo cuerpo compartido a moverse en el mismo movimiento… entonces descubrió que era parte de un todo. Sólo la benevolencia de dejarla convertida en su nombre permitió que no se rindiera.
Ahora… sólo a veces, cuando llega el otoño, se que ella pierde la calma y me reclama. Se me llena el cuerpo de ruidosos escalofríos si el Viento, rozándome, intenta aún besarla…
5 comentarios:
Vengo a dejarte un beso enorme. Tratare de leerte manana. Es tarde aqui, y el baul sigue abierto por unos dias mas.
Espero que estes bien (siempre productiva usted, con buenas fotos y buenos posts)
petra del norte
Cata, lo he leído pensando que tú eras Piel y yo Viento, y leyéndolo así me ha encantado. ¿Volamos juntos? Te espero y eres un cielo,
Santi
Cata , Cata, te dejo unos dias y ya hay vientos queriendo ser ventoleras por aqui? He tenido dias locos, mas que otros el envase le trae locura incorporada, en-carnada. Y ya no está pendiente la aventura sino en desarrollo, eso me llena de alegria, hablas de ti, exhibes tus vástagos, ahora el cuento puede tomar otro rumbo: cuando las aventuras se transforman en historias. No puede uno ir de aventura en aventura ni petrificar la historia quitandole el aire que la hace estar viva, bullente, resuelta y definitiva. Puede ser salto al vacio, pero el miedo es parte de la historia. Proximo titulo para el blog: historia de una que sabe amarse. Abrazotes reina de mi ex reino. (dos veces reina , no?)
Para tí héctor... reina las veces me lo permitas.
Para tí Petra... nos vemos en tu baúl
y para tí Santi... mi más honesto escalofrío...
Escentia... ven... ¿dónde?...
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